ASESINOS SERIALES DE MÉXICO



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ASESINOS SERIALES DE MÉXICO 




Alrededor del mundo existen terribles asesinos seriales que causan pavor a su alrededor. Creemos que nos encontramos a salvo en un país donde no se habla de eso, donde el crimen y el castigo parecen no ir de la mano; sin embargo, los asesinos se encuentran en todas partes. Qué nos asegura que quien va a nuestro lado en el transporte no podría estar pensando en los más sucios crímenes o que el médico al que acudimos contándole nuestras dolencias no ha tenido un impulso aterrador de cortar alguna arteria y dejar que el paciente muera. En ningún lugar se está a salvo, todos corremos peligro, cada quien es una víctima potencial de personas que caminan, conviven y viven como cualquiera de nosotros, al menos en apariencia.


Los asesinos seriales son especialmente aterradores, pues a diferencia de un crimen pasional en el que el asesino solamente tiene una víctima en mente y cuando cumpla su cometido parará, los asesinos seriales se guían a través de patrones de vestimenta, comportamientos físicos que se convierten en una obsesión; y, sin una víctima específica, matan a aquellos que parecieran no tener una relación lógica con ellos.

No hay una motivación común, el American Journal of Psychiatry asegura que un asesino serial lo es cuando asesina a tres o más personas pero sigue un patrón. El FBI asegura que sus principales motivaciones siempre son ansias de poder y compulsión sexual, pero no son las únicas.

En México, muchos de los asesinos seriales se caracterizan por tener un trastorno sociópata, es decir no sentir empatía por nadie y creer que la muerte es una solución bastante viable. Otros más personifican las pesadillas de un sector de la población común como prostitutas o como el terrible caso de personas adultas.


Aquí un recuento de los criminales seriales más atroces en México.


Francisco Guerrero “El chalequero”


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Entre 1880 y 1888 mató a 20 sexoservidoras. Es el primer asesino serial del que se tiene registro. Abordaba a sus víctimas para contratarlas, tenía relaciones sexuales con ellas y después las golpeaba, estrangulaba y decapitaba. Los cuerpos de las víctimas eran encontrados en la colonia Peralvillo y más tarde, también cerca del Rio Consulado. Aquellos que decían verlo, aseguraban que se trataba de un hombre bien parecido, que vestía elegantemente un casimir, una camisa blanca, faja, sombrero negro, zapatos y un chaleco, por lo que le otorgaron el apodo de “El chalequero”.

Cuando lo detuvieron en una taverna, el acusado confesó todos los crímenes. El juez lo sentenció a pena de muerte pero Porfirio Díaz decidió que sólo debía cumplir 20 años en prisión. Estuvo en Lecumberri y San Juan de Ulúa. En 1904, debido a un error administrativo lo dejaron salir de prisión y se refugió con sus hijas, quienes eran sexoservidoras. Pocos años después apareció el cuerpo de otra prostituta cerca del Río Consulado, El Chalequero confesó y esta vez fue sentenciado a muerte, pero murió antes de la ejecución debido a una embolia.


Gregorio “Goyo” Cárdenas

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También conocido como “El estrangulador de Tacuba”, Gregorio Cárdenas asesinó a cuatro mujeres entre agosto y septiembre de 1942. Una de ellas era una estudiante de química y las otras tres prostitutas a las que violó, ahorcó y enterró en el patio de su casa. Su vida transcurría con bastante normalidad; era alumno destacado de la Facultad de Química de la UNAM, se había independizado de su madre y vivía de una beca que le otorgaba PEMEX.

Después de sus crímenes se internó voluntariamente en el psiquiátrico y confesó los crímenes a la policía. Ésta lo trasladó al palacio de Lecumberri y poco después fue trasladado al manicomio La Castañeda. Algunos dicen que ahí lo dejaban salir al cine, que recibía clases de psiquiatría y podía utilizar los libros de la biblioteca. Escapó del lugar y lo encarcelaron nuevamente en Lecumberri, donde se convirtió en abogado. En 1976 Luis Echeverría le concedió el indulto por ser “una celebridad”; fue invitado al Congreso de la Unión, donde se le rindió un homenaje por ser “un gran ejemplo para los mexicanos y un claro caso de rehabilitación”.


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Juana Barraza Samperio


Se hizo famosa como “La mataviejitas” por la muerte de 11 ancianas y probablemente más. Era una luchadora profesional llamada “La Dama del silencio” que de pequeña tuvo muchos problemas. Su madre alcohólica dejó que un hombre la violara a cambio de cerveza. El resentimiento de Barraza al ver el reflejo de su madre en las ancianas resultó en los voraces asesinatos de las mujeres mayores y solitarias, a quienes de paso despojaba de sus pertenencias. Hoy, Barraza cumple una sentencia de 759 años en una prisión mexicana.



José Luis Calva Zepeda, “El caníbal de la Guerrero”

La policía mexicana lo acusó de canibalismo y triple homicidio. Días antes, la policía encontró el cuerpo descuartizado de una mujer de Tlatelolco, una prostituta conocida como “La Costeña”, poco después también encontraron el de Verónica Consuelo Martínez en Chimalhuacán, con quien salía el culpable, otra de sus novias, Alejandra Galeana, corrió con la misma suerte unos años antes.

Poco después la policía investigó un hedor pútrido que salía de la casa de Calva Zepeda. Mientras los oficiales lo investigaban, el hombre salió corriendo pero fue atropellado por un taxista. Al revisar la casa, los policías encontraron una pierna y un brazo en el refrigerador y los huesos dentro de una caja de cereal. El criminal aceptó el asesinato de las mujeres, pero no su ingesta.

Su madre lo maltrataba, fue víctima de abuso sexual y odiaba a las mujeres. Se casó y tuvo dos hijas, pero tras su divorcio se enfocó en su carrera de poeta y escritor. Fue sentenciado a 50 años pero nunca cumplió su sentencia pues lo encontraron muerto en su celda.


Raúl Osiel Marroquín, “El Sádico”


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Se convirtió en la pesadilla de la comunidad gay, puesto que todos sus crímenes fueron hacia ésta. Contactaba a sus víctimas en cafés y centros nocturnos y después los invitaba a un hotel o su hogar. Si su víctima era de escasos recursos, la liberaba, pero si tenía recursos los llevaba a su departamento donde los sometía, torturaba por al menos cinco días y asesinaba. Introducía los cuerpos en una maleta y los abandonaba en la vía pública. Cuando fue detenido lo condenaron a 288 años de prisión.




César Armando Librado “El coqueto”

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Mató y violó a seis mujeres después de que subieron al camión que conducía. Era chofer de transporte público en la ruta que va de Chapultepec a Periférico. Escogía a sus víctimas cuando ellas abordaban su camión gracias a un celular de la víctima que el culpable portaba, su esposa reconoció a la joven y la policía pudo dar con él.

Sus víctimas tenían entre 16 y 34 años, el interrogatorio duró aproximadamente 7 horas en las que Librado Legorreta confesó los terribles crímenes que había cometido. Recibió una condena de 240 años en prisión.


Las Poquianchis

Las hermanas Carmen, Delfina, María de Jesús y Luisa González Valenzuela cometieron una serie de asesinatos a jóvenes mujeres que buscaban un futuro mejor. A mediados de la década de los 30, Carmen y María de Jesús trabajaban como obreras en una fábrica de hilados. Poco después, Carmen se casó con Jesús Vargas y puso una cantina de arrabal, pero éste despilfarró el dinero, entonces ella abrió un establecimiento de vinos y licores. Delfina, abrió un prostíbulo y reclutó jóvenes mujeres, sin embargo, hacía creer a los padres que serían empleadas domésticas.

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Su burdel fue clausurado, por lo que se trasladó a San Juan de los Lagos para continuar su negocio a escondidas de la policía y con ayuda del alcalde. Delfina incluyó a sus hermanas en el negocio y las tres eran parte de la élite del pueblito, pues la mayoría de los locatarios y hombres de negocio asistían con frecuencia. Cuando acabó la feria del lugar se trasladó nuevamente, esta vez a San Francisco del Rincón, Guanajuato, ciudad en la que los burdeles no estaban prohibidos. El presidente municipal Adelaido Gómez le ayudó a conseguir una casona e instalar su negocio con el nombre original, “El Guadalajara de Noche”.


Delfina secuestró a decenas de jóvenes para convertirlas en esclavas sexuales. Aquellas que se embarazaban sufrían abortos en el mismo burdel y quienes llegaban a tener al bebé, lo perdían al nacer, las poquianchis se los arrebataban y mataban. Las hermanas muchas veces se enfurecían y golpeaban con brutalidad a las mujeres. Oficialmente mataron a 91 personas, aunque se cree que pudieron ser más de 150, entre las que se encontraban los bebés, decenas de prostitutas y algunos clientes. Cuando las capturaron encontraron en el burdel 17 mujeres, tres niños y dos de las hermanas González Valenzuela. Se hicieron películas sobre su caso y Jorge Ibargüengoitia escribió un libro.

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